complacer para ser amado

¿Complacer para ser amado?

A mi me educaron para ser una “niña buena”. Mi mamá se disgustaba muchísimo si no actuaba como ella esperaba y de chiquita experimentaba con mucha tristeza y culpa su rechazo temporal. “Si me portaba bien” me sentía querida, en cambio, si mostraba el más mínimo indicio de rebeldía recibía como castigo su frialdad un rato, para mí extremadamente largo. Con un carácter sensible a reprimendas, pronto “aprendí” que si hacía lo que el otro quería ganaba su estima y malinterpreté que no bastaba ser querida por el hecho de Ser, sino que para ello tenía que hacer y “merecer” ese afecto. Este aprendizaje equívoco me llevó a desarrollar un carácter complaciente. Para ser querida tenía que mostrarme contenta y afable, reprimir la tristeza y sobre todo la rabia. De esta manera, empecé a construir un personaje: la niña buena.

El niño o la niña buena no son libres de reaccionar cómo sienten. Si conectan con el más mínimo sentimiento de malicia se sienten extremadamente mal, culpables, y para evitar eso, en muchas ocasiones, dejan de lado sus necesidades para anteponer las del otro.

En la relación con los demás siempre están mis deseos y necesidades y los deseos y necesidades de los otros. Las personas de carácter complaciente tienden a posponer las propias necesidades para agradar a los demás. Olvidarse de uno mismo en pro de recibir el afecto del otro es, como poco, agotador. Las personas complacientes viven resentidas y frustradas con sus parejas por no verse recompensadas como ellas creen que merecen “por sus sacrificios”, que seguramente la pareja desconoce. Otra consecuencia es una gran desconexión de la escucha interna, por lo que un o una complaciente no sabe qué quiere o quién es en realidad. Esta desconexión y esfuerzo continuo por agradar al otro (porque sacrificar continuamente los deseos y necesidades propias por los demás, cansa) acaba por manifestarse en muchos pacientes en forma de apatía, de falta de vitalidad. 

Por ejemplo, tengo dificultades para expresar a mi pareja que no quiero acompañarlo a una comida familiar. El complaciente por evitar un posible conflicto preferirá hacer lo que cree que el otro espera y luego internamente estará enfadado. En lugar de responsabilizarse de sus propias necesidades, satisfacerlas, y asumir las consecuencias como un adulto, prefiere optar por quedarse en la queja y sentirse víctima del supuesto egoísmo del otro. “Es que siempre hacemos lo que él quiere”, puede lamentarse.

Un carácter complaciente se pierde en el otro. Está tan pendiente de la necesidad de la persona que tiene delante que no escucha qué le está pasando a ella o a él mismo. Cuando uno pierde el contacto consigo mismo, deja de actuar de manera genuina. 

Si tienes que ser siempre “bueno”, porque ése es el personaje o máscara que te has construido para sobrevivir en la infancia, entonces nunca te permites lo opuesto, ser “malo”. En terapia Gestalt la salud está en la flexibilidad; es decir, que la persona tenga la libertad de elegir cómo actuar en cada ocasión respetando sus necesidades. Así que en ciertos momentos permitirse “ser un poco malo o mala” puede ser lo más sano. De lo contrario, nos vamos guardando cosas, reprimimos emociones como la rabia, que podemos somatizar en el cuerpo (en forma de dolor de estómago, dolor de garganta, migraña…), y todo aquello que no se comunica va enquistando la relación con el otro y perjudica nuestro bienestar.

Si tener que ser siempre bueno es seguir el automatismo de dejar pasar al otro por delante nuestro como norma, estamos condenados a sufrir. Sufrir porque los demás no nos escuchan, sufrir porque no nos quieren cómo merecemos, sufrir por hacer sacrificios constantes y sufrir por no actuar como uno realmente quiere. Tampoco se trata de hacer lo que a uno le da la gana todo el rato. En este caso estaríamos ante un carácter también rígido en lo opuesto, excesivamente narcisista, con serias dificultades para empatizar con los demás.

El proceso terapéutico ayuda a reconocer cuáles son los automatismos que uno sigue, qué creencias hay detrás y cómo flexibilizarlas. Con la terapia pondremos en cuestión mandatos del tipo “tienes que ser buena”, “si eres buena, te querrán” o “si eres mala, nadie te querrá”, que se esconden en el subconsciente. Y lo digo en femenino porque nuestra cultura educa a las niñas para ser obedientes y sumisas, es decir, para ser unas perfectas complacientes. Se trata, en definitiva, de aprender a decir NO y permitirnos actuar en libertad y en coherencia con uno mismo.

Quiero acabar con esta reflexión: 

No ponerse en primer lugar respecto al otro no es ser bueno ni es ser generoso, es tenerse muy poco en cuenta, y en definitiva, quererse muy poco. ¿Crees que te amas si no te respetas?, ¿crees que te amas si te pospones, si no te escuchas? ¿Te amas si has renunciado a mostrarte cómo eres? ¿Tú querrías a alguien que no es honesto consigo mismo y no te muestra quién es? Y tanto sacrificio ¿para qué?, ¿para ser amad@? 

Si vives para agradar a los demás, todos te amarán, excepto tú mismo.
Paulo Coelho

 

*Imagen de Pixabay

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