Devorando amor

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Buscando el gran amor se aventuró a recorrer mundos, franquear fronteras, atravesar bosques insondables, valles desiertos y océanos agitados. La mujer, ávida de afecto, no desfallecía. Tanto era su afán por atrapar esa pasión que se olvidaba de comer. Y cuánto más ocupada estaba, menos comía. Y cuánto más consumida, más crecía su obsesión. Ese ardiente amor debía servirle de alimento. Lo quería tener entre sus brazos para devorarlo entero y saciarse por
siempre jamás. Sólo dos hombres se atrevían a enfrentarse a tremenda vorágine. Sin embargo, cuando se sentían aplastados entre los huesos y la piel de la mujer, acababan huyendo para volver tiempo más tarde. Primero, uno. Luego, el otro.

Perdida en sus tinieblas, la diosa de melena azabache urdía mil estratagemas para poderlos retener, aunque no sabía con cuál quedarse. Y atraídos por los cantos de la sirena, aquellos hombres volvían a su vera, para huir poco después, una y otra vez, en un bucle sin fin. La mujer perecía sin percatarse de la gravedad de su estado. Su rostro era ya una calavera con enormes ojos como manantiales, que permanecían vendados ante su actividad delirante.

Una noche oscura otra diosa le rindió visita. “Soy la Muerte” le dijo. “¿A qué se debe tu llegada?”, preguntó la mujer con curiosidad. La Muerte le respondió: “Quiero mostrarte tu futuro”. “No tengo tiempo. Estoy atareada”. La Muerte se dio media vuelta y desapareció entre las sombras de su vestido negro como la noche cerrada.

No hubo un mañana atareado. Aquella misma noche mientras dormía la Muerte le arrebató el último suspiro. Y fue hallada cual muñeca de trapo rota en su lecho de sábanas blancas.

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