El sueño de Eva

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Nació en una isla bañada por un mar azul plata. Su papá esperaba un varón y ante la sorpresa de otra niña en la familia, el hombre, contrariado, le puso como nombre Eva. La niña creció junto a su hermana mayor, compañera de juegos, de risas y de llantos, de viajes inolvidables y secretos compartidos. Cuando alcanzó sus treinta años, Eva empezó a encontrarse con los avatares de su destino. Por más que se empeñaba no podía volver a casa. Un acontecimiento tras otro la llevaba cada vez más lejos de su hogar. Eva, se sentía desterrada del “paraíso”. Condenada a ser desvalorada en el trabajo, miraba con añoranza su pasado. Las injusticias se repetían en un bucle sin fin. Por más que se quejaba, nada cambiaba. Una, dos, tres, cuatro, cinco… infinidad de veces. La rabia ya casi no le cabía dentro. “El mundo no me da lo que quiero”, se lamentaba.

Un día la joven cayó en un sueño profundo. Una imagen onírica la conmovió tanto que al despertar pudo recordar. Una serpiente de piel verde brillante le hablaba con voz suave. “Eva, deja de reclamar fuera lo que dentro de ti no está. Tu destino no girará hasta que el fruto rojo abrazarás”.

Despertó angustiada. “¿Qué era ese preciado fruto rojo?” , sollozó la muchacha. Días después tuvo una visión. Recordó cómo su papá siempre la comparaba con su hermana y ella salía perdiendo. Y comprendió cómo se repetía la escena. La autoridad, fuera quien fuese, siempre desvalorando su trabajo. Así se confirmaba una y otra vez su temor.

Y entonces cayó en la cuenta. “Tal vez la manzana roja sea el amor extraviado hacia mi niña herida”. Finalmente Eva abrazó a su niña con dulzura y la creencia que le cortaba las alas se desvaneció.

En ocasiones el mundo exterior manifiesta el reflejo del interior.

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