Una mente arrebatadora

Era un día especial. Cumplía 65 años. Sin embargo, no había nada que celebrar. Su mayor deseo, hacía meses, era estar enterrado. La angustia le comprimía el alma y aplastaba su mente, un tiempo atrás brillante.

Empezó a detectar los primeros síntomas de falta de lucidez cuando lo prejubilaron. Lo guardó como su más terrible secreto. “Si no lo verbalizo, no existe”, se dijo.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac. La irremediable decadencia ya tenía puesta su siniestra cuenta atrás. Presagiaba una demencia senil acercándose a pasos de gigante.

Luis siempre había sido un perfeccionista. Metódico, exigente, y dogmático, su mayor miedo era no tener todo bajo control. Y este asunto se le escapaba de las manos. Él, que había jurado y perjurado que no pasaría por ese calvario. “No perder la cabeza”. “No perder la cabeza”. “No perder la cabeza”. “No perder la cabeza”. “No perder la cabeza”. No quería acabar como sus padres.

La única solución para controlar la enfermedad era poner fin a su vida. La idea asomaba una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. No podía sacársela de la cabeza. Aún así, no alertó a su mujer ni a ninguna de sus dos hijas. Prefería la muerte a la condena de quedarse tonto. Él, que siempre había presumido de ser el número uno en el colegio.

El tiempo transcurrió. El hombre, fiel a sus principios, intentó quitarse la vida. Una mitad de él está aquí, pero su alma se halla vagando, perdida, en la inmensidad de la sustancia gris y el laberinto neuronal. No quería perder la cabeza y ella se adueñó de su piel, de sus entrañas y de su corazón.

Dicen que “lo que resiste, persiste”.

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