Vergüenza y culpa, las losas de los abusos sexuales

Hace tiempo que tengo pendiente escribir sobre los abusos sexuales. Un asunto que sale en terapia individual y en sesiones grupales más a menudo de lo que una podría imaginar. ¿El motivo del secretismo en nuestra sociedad? Muchas de las víctimas de un abuso ni lo cuentan ni lo denuncian, ni siquiera a familiares o allegados. 

Estas traumáticas experiencias no se revelan porque poderlo expresar en voz alta supone reconocer lo que le ha pasado a una. Para verbalizarlo hay que lidiar previamente con una terrible vergüenza y culpa, con el miedo a no ser creída y la confusión sobre lo que pasó, en especial si se trata de abusos infantiles. También cuesta de admitir porque supone asumir tu gran vulnerabilidad como mujer, y eso, os aseguro, no es nada fácil. Sea como sea la vergüenza y la culpa irracional por haberse expuesto en cierta manera, pesa como una gran losa en la espalda dejándonos mudas e indefensas ante esta sociedad machista. Lamentablemente lo común es mirar hacia otro lado y tratar de borrar lo sucedido, en una especie de creencia de que “lo que no se explica, no ha pasado».

Recuerdo una paciente que sufrió abusos sexuales con nueve años por parte de su primo, unos años mayor que ella. La mujer borró todo lo sucedido hasta el día en que dio a luz a su hija. En medio del parto emergió el trauma grabado a fuego en sus entrañas y pudo recuperar la memoria de todo lo acontecido. Jamás lo explicó a su padre por temor a no ser creída.

Me gustaría diferenciar entre abusos sexuales en la infancia-adolescencia y en la edad adulta, puesto que con la madurez una puede sostener lo que le ha pasado sin hacerse tantos líos.

Buena parte de los abusos sexuales infantiles suceden en el mismo seno de la familia. Puede ser como en el ejemplo anterior, un primo de 15 o 16 años, que tiene las hormonas disparadas por la pubertad y experimenta su sexualidad tocando la vagina de una menor, el abuelo que realiza tocamientos a su nieta, el propio padre, también puede ser aquel vecino simpático que pasa bastantes ratos en casa… 

Abusos sexuales en la infancia

En psicoterapia trabajamos para rescatar a la niña herida que ha sufrido el abuso y revisar lo sucedido con tal de poner comprensión y reestructurar el relato. Y es que la niña que habita en el interior de la paciente suele estar sumida en una gran confusión por la brutal agresión que recibió por parte de un adulto, en quién confiaba en muchas ocasiones. Un adulto que no tuvo reparos en arrancar de cuajo la inocencia del alma infantil con las secuelas que eso puede comportar en la sexualidad de esa mujer: apatía sexual o dificultad para alcanzar el orgasmo, creencias erróneas sobre una misma del tipo «soy mala», somatizaciones…

Así pues, es importante resignificar lo sucedido, reconocerse como víctima, reestructurar la relación con el abusador pero también con el entorno familiar, porque en muchos casos no se explica nada en casa. Y en esos casos cabe preguntarse ¿qué te impidió acudir a tus padres en busca de ayuda?

Esta cuestión me lleva al caso de otra paciente que sufrió un abuso con quince años. Un hombre mucho más mayor que ella, que se hacía pasar por «chamán», la engatusó para hacer un ritual que le ayudaría a superar sus bloqueos emocionales. Lo que hizo el desgraciado (porque para mí no tiene otro nombre) fue obligarla a tener relaciones sexuales. Ella desconcertada accedió. ¿Y por qué no se negó? opinarán muchos. A la mayoría de mujeres se nos ha domesticado para ser unas benditas complacientes. Esta educación que nos aboba junto con la falta de experiencia y picardía propias de la adolescencia es el coctel perfecto para que una acabe haciendo algo que no quiere sin saber cómo ha llegado hasta ese lugar. Esta paciente tampoco lo contó en casa, con el agravante que el muy sinvergüenza le contagió una enfermedad venérea. Una joya de «chamán», más bien dicho caradura y charlatán.

Abusos sexuales en la edad adulta

Muchos otros abusos suceden cuando una ya es más mayorcita y comienza a salir de noche, por ejemplo. Que si varias copas, ahora flirteo con este tipo, risas por aquí y por allá, y tal vez porque aún no has aprendido a decir NO o a poner límites, acabas en casa de ese nuevo “amigo”. Es muy probable que aún no has decidido si quieres acostarte. Lo estás valorando o tal vez lo hayas descartado, pero quieres seguir la noche porque lo estás pasando bien y esa candidez te juega una mala pasada. Acabas con ese hombre encima tuyo, penetrándote, aturdida por el alcohol o las drogas, un hilo de voz ahogada dice “NO”, pero no te escucha. No te ve. Ha ignorado tus señales. Y mientras él cabalga sobre tu cuerpo inerte, tú te preguntas abochornada: ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿qué ha pasado? ¡Qué cagada! No me gusta sentirlo dentro, me da asco su olor, no quiero esto, giras la cara y esperas a que pase rápido. 

El sentimiento de culpa es colosal. Culpa por confiar y haberte quedado a solas con él, culpa por haber flirteado, jugado, culpa por exponerte. En definitiva, culpa por ser mujer, porque eso no les pasa a los hombres. Y como culpable mereces este castigo. Como sientes vergüenza por lo que te ha pasado, te callas, callas tu falta o delito. Ahora bien, ¿cuál es el delito? ¿Querer flirtear, jugar a seducir, ir borracha, tener un día en el que necesitas sentir la atención del otro porque flojea tu autoestima? ¿Estos pecados merecen tal castigo?

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